Aventuras en el país de la psicopatía
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Saturday, July 11, 2009
—Marta, no me voy a levantar de la cama hoy. —¿Y eso? —Estoy muerto. —No exageres tanto, has tenido toda la noche para descansar. —No me entiendes, digo que estoy muerto en sentido literal. —Pues yo te veo hablando y respirando. —Eso es un engaño de los sentidos, ¿no has leído a Descartes? —No digas tonterías; lo que pasa es que no quieres ir a trabajar, pero a mí no me la das con queso. —Los muertos no mienten, cariño. —Voy a llamar al médico, no te vas a librar tan fácilmente. Marta llama al médico de la familia, que acude inmediatamente acompañado de una enfermera. —¿Qué es eso de que Miguel ha muerto? —pregunta el doctor. —Eso dice él —contesta Marta. El médico ausculta a Miguel y le hace decir treinta y tres. —¿Ve, doctor? —interviene Marta—. ¿Un muerto diría treinta y tres? —Eso lo decidiré yo, que soy el médico. Apunta, Virtudes: el difunto goza de buena salud. Luego conecta unos electrodos en los pezones de Miguel y aplica pequeñas descargas a intervalos regulares. —Sólo para ver cómo responde —explica. —¿Y bien, doctor? —pregunta Marta cuando finaliza el examen. —Pues yo diría que está vivo, pero quizá un genio maligno está falseando los resultados de las pruebas. ¿No ha leído usted a Descartes? —Me están enfadando con tanto cartesianismo. —Es natural sentir enfado ante la pérdida de un ser querido —contesta el doctor. —¿Me está diciendo entonces que mi marido está muerto? —Mi obligación como médico es respetar los deseos del paciente. Si él dice que está muerto, ¿quién soy yo para defender lo contrario? —¿Entonces no hay nada que hacer? —Bueno, hay un par de opciones. —¿Cuáles? —pregunta esperanzada Marta. —Enterrarlo o incinerarlo. —¡Pero eso es una salvajada! —No, es el procedimiento normal. ¿Qué pretende hacer con un muerto? ¿Meterlo en el congelador? No es legal. —Miguel, que te van a enterrar, ¿es que no vas a decir nada? —Yo prefiero que me incineren —contesta él. —¿Pero qué dices? —Piénsalo: es mucho más práctico e higiénico. Incinerado me puedes guardar en cualquier sitio. Me puedes poner sobre el televisor, por ejemplo, presidiendo la habitación. No puedes hacer lo mismo con un ataúd, no está permitido y además el olor sería insoportable y espantaría a las visitas. Aparte de esto, si me incineran puedes destapar la urna de vez en cuando para que me dé el sol, cosa que no puedes hacer si me entierran en un cementerio. Bueno, sí puedes, pero acabas en comisaría si lo haces. Y la verdad es que prefiero dejar con hambre a los gusanos. Como ves, no hay más que ventajas.
Friday, July 10, 2009
Que se levanten otros de la cama, yo me quedo aquí, dijo una mañana Adolfo a Mercedes, su mujer. Ésta se llevó las manos a la cabeza, pues había sido actriz de tragedias griegas en su juventud, y replicó que eso no podía ser, que ni era constructivo ni era nada, que el movimiento se demuestra andando y que a quien madruga, Dios le ayuda. Dios hace cola para chupármela, respondió Adolfo. No, Adolfo, eso no, una cosa es la vagancia y otra, la blasfemia, dijo ella. Él se encogió de hombros y siguió acostado en la cama con la mirada fija en el techo, como si estuvieran emitiendo ahí un programa interesante Mercedes llamó de inmediato a un médico, que se presentó en la casa con una enfermera sueca que además era modelo de lencería. El doctor auscultó a Adolfo y le hizo decir treinta y tres, después de lo cual admitió que ninguna de las dos cosas servía para un diagnóstico fiable. Podría ser estrés, dictaminó, estrés o la peste negra, a saber. Insatisfecha con la opinión médica, Mercedes llamó a su vecina, que era curandera y espiritista y convocaba a los muertos en asambleas que se alargaban durante horas. La vecina espolvoreó alrededor de la cama ajo molido para expulsar a los vampiros que habitaran los poros de Adolfo y entonó una letanía en búlgaro, que es un idioma que impresiona mucho a los malos espíritus. Pero Adolfo siguió sin levantarse de la cama, aunque observaba todo lo que pasaba con creciente atención; sobre todo a la enfermera sueca, que, sentada en un rincón, hacía gestos obscenos con una naturalidad encantadora. Mercedes, ebria de impotencia, se mesó los cabellos, puso los ojos en blanco, se rasgó las vestiduras. La vecina pensó que se trataba de un caso de posesión diabólica, por lo que procedió a arrojarle a la cara excrementos de yak tibetano, algo que les da mucho asco a los demonios y, al parecer, también a Mercedes, que, viéndose cubierta de mierda, vomitó violentamente en el suelo. El doctor aprovechó la confusión reinante para conectar unos electrodos en los pezones de la enfermera sueca y empezó a aplicar pequeñas descargas a intervalos regulares. Adolfo pensó que no levantarse de la cama había sido una gran idea, pues no recordaba ninguna otra mañana tan animada.
Thursday, July 9, 2009
Llamaron a la puerta. Era ella. Me dijo: he dejado a Juan. Yo disimulé la sorpresa que me causaba su visita y la invité a pasar. Se sentó en el sofá y me dijo lo que todos sabíamos: que Juan era idiota. —Ya, bueno, pero era idiota desde el primer día —dije yo. —Sí, aprovecha ahora para regodearte —contestó ella. —Oye, lo que tenemos en común tú y yo es que nos enamoramos de idiotas. —Bonita manera de llamarme idiota. —Pero si sabes que te lo digo de broma. Que yo beso donde pisas y todo eso. Si te quiero a pesar de las ladillas de campeonato que me pegaste aquella vez. —Aquello fue un accidente. —Lo sé, nunca te he acusado de premeditación. —Además, no negarás que valió la pena. Te encantó. —¿Tener ladillas? —Follarme, imbécil. —La verdad es que no me importaría repetir. ¿Tú qué opinas? —No he venido para eso. —Ya. Y de todas las personas que conoces en esta ciudad me has elegido a mí para hablar de tu ex. No cuela. A mí me parece que has venido para echar un polvo y, si eso, hablar después. —Vale, sí. Pero quería que fuera más disimuladamente. —Sí, que acabáramos en la cama sin saber cómo, pero me parece que estoy demasiado sobrio para eso. Además, nosotros no tenemos necesidad de andarnos por las ramas, ya nos conocemos lo suficiente. —Bueno, ¿pero podemos hacer como que ha sido un accidente? —Claro. Tú quítate la ropa, ya buscaremos excusas luego.
Wednesday, July 8, 2009
Entre el dolor y la nada, yo me quedo con la nada. Salvo que el dolor fueras tú.
Tuesday, July 7, 2009
—Sí, el papel de chica sumisa se le da muy bien, es uno de sus mayores encantos. Tú no sabes lo bien que sienta que te digan en la cama: haz conmigo lo que quieras. Que te den libertad absoluta. Piensas entonces: de esto hablaba Martin Luther King.
Monday, July 6, 2009
Querida, ya sé que ahora soy un oscuro poeta (y con esto no me refiero a que sea algo agitanado, aunque también), pero piensa que yo te ofrezco la inmortalidad. Podrías ser el objeto central de varias tesis sobre mí en vez de desaparecer junto a otro. Dirían de ti que fuiste la musa que inspiró la obra más importante del siglo XXI; las generaciones futuras ensalzarían tu nombre por los siglos de los siglos; la posteridad, en definitiva, te estaría agradecida eternamente. Y todo esto únicamente por acostarte conmigo esta noche.
Sunday, July 5, 2009
—Información. Dígame. —Hola, guapa. ¿Qué llevas puesto? —Oiga, que esto es Información. —Pues eso, infórmame. —Que se ha equivocado, esto no es una línea erótica. —Déjate de juegos y vamos al grano, que la llamada me está costando dinero. Acaríciate los pezones. —Caballero, le repito que esto es Información, no el teléfono erótico. Y además es un servicio gratuito. —Ah, ¿es gratis? Mucho mejor. Dime, ¿lo tienes depilado? —¿Pero es que está usted sordo? ¡Que yo no me dedico a eso! —No te imaginas lo dura que la tengo ahora, cariño. ¿No te gustaría chupármela? Arriba y abajo, all along the watchtower. —Es usted un guarro, voy a llamar a la policía. —Mujer, tampoco hay que ponerse así. ¿Qué ha sido de eso de que el cliente siempre tiene la razón?
Saturday, July 4, 2009
El señor Finisterre acude a la consulta de Madame Retourner, la famosa médium, para contactar con su difunta novia. «La echo de menos, era el amor de mi vida, necesito volver a hablar con ella», le explica. La médium sonríe y, tras cobrar por adelantado, entra en trance en un periquete. —Bernardo, soy Sofía —anuncia la muerta por la boca de Madame Retourner. —Hola, cariño —dice el señor Finisterre—. ¿Qué llevas puesto? —Un sudario y unas cadenas. —Qué sexy.
Friday, July 3, 2009
—Oye, no me has enseñado todavía la carta con la que ganaste el segundo premio ese. —Es que no he dejado que la lea casi nadie, guapa. Al escribirla pensé que sería mejor contar la verdad en vez de escribir ficción, para que tuviera más fuerza y el jurado la encontrase auténtica. Pero desnudarme emocionalmente de esa manera en realidad no me gusta nada, no me resulta cómodo que todo eso lo lea gente que me conoce. No quiero que sepan lo que me duele. No quiero que sepan que en el fondo soy un romántico. —Si me dejas leerla, te enseño el culo. —Vale, trato hecho.
Thursday, July 2, 2009
Todos los pasajeros del tren estaban muertos, lo comprendí de pronto. Tan aterradora revelación me abría unos cuantos interrogantes. ¿Significaba eso que yo también estaba muerto? Quizá sí o quizá era la víctima de un error inexcusable. ¿Iba el tren al Infierno? Parecía lógico pensar que los muertos que van al Cielo lo hacen en avión, así que nuestro destino sólo podía ser el Averno. Eso explicaría el aspecto patibulario de muchos de los muertos que me acompañaban en el vagón. Dispuesto a encontrar respuestas a éstas y otras preguntas, me levanté del asiento en busca del revisor. Lo encontré picándole el billete a un señor de rostro cadavérico. —Disculpe, creo que ha habido un error. —Su billete, por favor. —De eso precisamente quería hablarle. Yo me dirigía a Murcia. —Eso sería antes de morir, no me interesa. Su billete, por favor. —Tengo billete para Murcia, si le vale. —¿Me está diciendo que no tiene billete para este tren? —Eso mismo le estoy diciendo, por lo visto. Su cara se convirtió entonces en una máscara de odio y repugnancia satánica que hizo que el terror se apoderara de mí. Tembloroso, le dije algo así como que era una vergüenza la actitud de la juventud actual. Entonces vi que había sacado un largo puñal del bolsillo trasero del pantalón. —Si no tiene billete, habrá que solucionarlo. Le golpeé en la cabeza con la carpeta donde llevaba los planos de ampliación de la Biblioteca de Murcia y salí corriendo hacia otro vagón mientras el resto de pasajeros contemplaba con pasmo la escena. Ya en otro vagón, busqué refugio en un compartimento. Si esto fuera una película de los cincuenta, podría contar que me encontré en él a una guapa mujer que me ayudó a escapar y que en el transcurso de la aventura nos enamoramos. Pero resultó que el compartimento estaba vacío, lo cual era considerablemente más real (aunque lo que estaba pasando no lo parecía). Cerré con pestillo la puerta y me senté, intentando tranquilizarme. ¿Qué hacer?, que diría Lenin. Ahí estaba yo, en un tren lleno de difuntos con destino al infierno y con un revisor dispuesto a que se acabara mi larga relación con la vida.
Wednesday, July 1, 2009
Un hombre llamado Pedro despierta en mitad de la noche por los gritos de un vecino que aporrea su puerta. Se levanta de la cama, dice a su mujer que intente volver a dormir, se pone la bata, se acerca a la puerta y abre. El vecino, notablemente nervioso, le dice que se dé prisa en escapar, que no tardarán en llegar por él. Pedro le pide que se calme y que le explique de qué está hablando, que no entiende quiénes y por qué van a venir por él. Su vecino le explica como puede que vienen a derrocarle, que es el fin de la dictadura. ¿Qué dictadura?, pregunta Pedro, sin entender nada. La suya, claro está, responde el vecino, aunque Pedro sigue sin entender de qué le está hablando, puesto que él no es un cruel dictador, sino un oficinista que vive con su mujer, profesora de primaria, en un modesto piso. De pronto se escucha por la ventana el ruido de una multitud que se aproxima por la calle. Son ellos, dice el vecino, huya, corra, deprisa. Pedro se asoma a la ventana y observa que los manifestantes vienen armados y gritan cosas como «abajo el tirano, abajo Pedro». Éste mira hacia la puerta de su dormitorio, que está cerrada, y luego a su vecino antes de de decir: «pero mi mujer...». No hay tiempo para eso, ella estará bien, contesta el vecino. Pedro coge de una silla los pantalones y la camisa que había llevado ese día y, con los zapatos en la otra mano, corre escaleras abajo.
Tuesday, June 30, 2009
Me voy a trabajar, cariño, dijo ella, ¿quieres algo de la tienda? Yo, como el subnormal en el que sin duda me había convertido, le dije que no, gracias, y que la quería, aunque sabía que iba a reunirse con su amante mientras yo escribía un artículo sobre la decadencia del amor en Occidente.
Monday, June 29, 2009
—¿Cuándo vas a escribir esa novela? —me pregunta. Cómo decirle que me paso el día entero pensando en acostarme con ella.
Sunday, June 28, 2009
—Oye, cariño, acabo de cruzarme con la Muerte en el pasillo. —Ya empiezas con tus tonterías. —Te lo digo en serio. —¿Y qué hacía la Muerte? —Miraba la pared, como si estuviera castigada. Tenía una cara muy seria. —Es que la muerte no es cosa de risa. —No me crees, muy bonito. ¿Quieres que te traiga la Muerte a la cocina? A ver si así te convences. —Vale, pero ningún Jinete del Apocalipsis más, que es muy temprano. Sale el hombre. Al rato vuelve acompañado de la Muerte. La mujer palidece. —¿Qué? ¿Te lo crees ahora? ¿Estaba o no la Muerte en el pasillo? —¿Pero qué hace aquí? ¿Es que vamos a morir? —Me he perdido —dice la Muerte. —¿Cómo que se ha perdido? —pregunta la mujer. —Tenía una cita hoy. Un aneurisma. Pero he olvidado dónde era. —Ahora que lo dice, a mí me duele un poco la cabeza —interviene el hombre. —Lo dice usted sólo para reconfortarme. Pero gracias. —Hay que ayudarse entre vecinos —responde el hombre. La mujer le da una aspirina a su marido. La Muerte sigue lamentándose mientras tamborilea con los huesudos dedos en el mantel. —Es la primera vez que me pasa esto. Yo, que siempre he sido implacable. —Bueno, bueno, no se martirice usted tanto —dice el hombre—. Además, no será tan grave; es sólo una muerte menos. —Crea un peligroso precedente. Ahora mismo hay alguien por ahí viviendo un tiempo que no le corresponde, ¿no lo entiende? —Seguro que nadie se da cuenta —dice la mujer. —Pero me doy cuenta yo. Es una mancha en mi expediente. Millones y millones de muertes sin fallo... y ahora este error imperdonable. ¿Qué Muerte es una que no mata? —¿Y no podría sustituir a la víctima por otra? —dice el hombre—. Creo que a mi jefe le vendría muy bien un aneurisma. —Sería una solución, pero no se tapa un error con otro. Yo no hago las cosas así, al menos. —Sólo era una sugerencia. —Creo que lo mejor es que me vaya a casa a reflexionar. Quizá tenga apuntado en algún sitio dónde tenía que ir hoy y a quién tenía que matar. —Es una excelente idea —dice la mujer—. En casa, con tranquilidad, verá las cosas de otro modo. Puede que sólo se haya retrasado esa muerte unas horas. —Tiene usted razón. Me marcho, gracias por todo. —Vuelva usted pronto —dice el hombre. La mujer palidece aún más.
Saturday, June 27, 2009
—Joder, qué gorda se te ha puesto; si me follas el culo ahora, me vas a destrozar —dice ella. Él no sabe qué se le hincha más, si el ego o la polla.
Friday, June 26, 2009
Un hombre anónimo observa a una mujer también anónima. Están en una calle cualquiera de la ciudad. La mujer anda a buen ritmo, el hombre la observa desde su ventana, en un tercer piso. Cómo se llamará, se pregunta él. Seguro que tiene nombre, añade, y enseguida se da cuenta de lo estúpido que es el comentario. Qué tortura mirarla y no tenerla, se dice después, aunque sabe que está exagerando. Pero sólo un poco. La mujer levanta la vista y se pregunta si ese hombre tan triste estará pensando en saltar por la ventana.
Thursday, June 25, 2009
—Me he pintado las uñas de naranja. —Como el día del cementerio, cuando quedamos por primera vez. —Es cierto. Pero no llevo mi atuendo de Jules et Jim. —De eso hace ya once años y todavía estamos así. Anda que si lo llegas a saber entonces... no te habrías presentado. Ella se ríe.
Wednesday, June 24, 2009
Para enfado de los organizadores, el XXX Certamen de Literatura Joven de Pinares de Entretiempo sólo recibió relatos pornográficos.
Tuesday, June 23, 2009
Boris Stravinski tenía sueño, pero no podía dormir. O quería dormir, pero no tenía sueño. No lo tenía nada claro. Se acostó literalmente. Esto es, en una litera. Luego probó lateralmente, que era más cómodo. Dos horas después decidió que en esa postura no iba a conseguir dormirse. Se levantó, se rascó la nuca, echó a andar. No llegó muy lejos, pues la habitación era pequeña. Se detuvo frente a una estantería llena de libros. Quizá leyendo le entrara sueño, pensó. Cogió un volumen de las memorias de Fray Gregorio de Leopoldo de María, misionero en Cincinnati. Un rato después dejó de leer; se estaba divirtiendo y el objetivo era lo contrario. Se sintió un tanto ridículo con tanto insomnio. Claro, se suponía que dormir era coser y cantar, pero es que ambas cosas se le daban fatal: nunca había conseguido la coordinación necesaria para hacer las dos cosas a la vez sin pincharse o desafinar. Encendió la tele. En las noticias hablaban de un tiroteo en una juguetería entre dos bandas de niños. Había siete heridos y un secuestrado. Luego informaron de un asesinato. Al parecer, un hombre había matado a su familia por mandato divino. Afirmaba que se lo habían dicho las palomitas mientras se hacían en el microondas, en código morse. A Boris Stravinski le entró hambre, pero no sueño.
Monday, June 22, 2009
Señorita, soy sepulturero desde hace veinte años y no sabe usted lo trágica que es la muerte, lo trágica y burocrática, que recibo paquetes a diario, cajas llenas de muertos que tengo que enterrar. Es una vida tan extraña. O una muerte. Escondo a los difuntos bajo tierra, como si fueran un tesoro pirata, pero el caso es que ya nadie los quiere. No viene nadie a desenterrarlos. Bueno, sí, a veces: satánicos y gente de peor ralea. Aprendices de doctor Frankenstein. Pero son casos aislados, normalmente no viene nadie. Como le decía, los dejo bajo tierra o los almaceno en nichos, como si los estuviera archivando. Soy un oficinista de la muerte, pienso a veces. Todos los muertos tienen su correspondiente identificación, la fecha de nacimiento y la de defunción, somos muy meticulosos. Creo que la muerte es más ordenada que la vida, pero igual de vacía: sólo nombres y fechas que en realidad no significan gran cosa.
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